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Esther María Osses
por Dalys Vargas,
12 de octubre de 2007
Esta semana ha sido muy significativa para quienes, en Panamá, creemos que es posible un mundo mejor, donde todos los seres humanos vivan con dignidad y puedan desarrollar con verdadera libertad su potencial; es decir, donde todos disfrutemos del derecho a una buena alimentación, un buen techo, una buena educación, un buen trabajo, a tener espacio para la recreación y la creación, en donde prevalezca el bien común y reine entre todos un espíritu solidario.
La semana comenzó con la recordación de la vida de Ernesto “Che” Guevara, un santo que todavía no han canonizado en el Vaticano, y concluye con esta reunión para recordar a Esther María Osses…, dos personas de infinita sensibilidad humana y generosidad, seres que impregnaron de amor y de poesía sus actuaciones cotidianas y nos hicieron partícipes de su realidad encantada…, rebeldes con causa sublime, cuyas vidas se toparon aquí, en Panamá, precisamente en la Casa Azul, la casa de Esther María Osses, que no era suya, según insistía ella, sino nuestra, de todos nosotros. Pocos saben que Esther María facilitó al médico argentino las coordenadas de sus amistades en Guatemala, y por esa vía, él llegó un día a México, justo a tiempo para embarcarse en un sueño que lo llevaría a la Sierra Maestra y de allí a la inmortalidad.
Bueno es recordarlo hoy, cuando también se conmemora la llegada de los españoles a este hemisferio en el siglo XV, un día que se convirtió en el principio de grandes tragedias para los pueblos aborígenes de nuestra América, por cuya redención dio la vida el Che.
Tal como señaló la venezolana Carmen Simona Matute en el último libro de Esther María, Poesía en limpio: En la Casa Azul “no hay hora para el descanso mientras haya pueblos que vivan en el oprobio. Su casa – refugio para el exiliado, techo para las reflexiones, espacio abierto a la alegría – mantiene siempre abiertas sus puertas y la mesa disponible a cualquier hora del día.” (Págs. 219-220)
En medio del torbellino de personas de Panamá y de distintas partes del mundo que frecuentaban la Casa Azul, todos de extraordinaria calidad humana y muchos de ellos escritores, cantantes, músicos, pintores, cineastas, gente de teatro y otros artistas, intelectuales y políticos de gran renombre, Esther María Osses y Carlos Wong me permitieron ser huésped constante, aprendiz y compañera de viaje – nada menos que del viaje de su vida –, desde comienzos de la década del 70 hasta mediados de los 80, porque compartíamos la condición de miembros del Frente de Trabajadores de la Cultura y del movimiento de solidaridad con los pueblos. Muchos años después, he comprendido que la verdadera razón por la cual la sabia maestra sobrellevó mi juvenil inmadurez con tolerancia maternal fue porque nos unía una espiritualidad antigua, una afinidad de vibraciones – por decirlo en otro lenguaje – y la sana locura que nos mueve a todos los que hemos sentido el pinchazo de un bichito que nos contagia para siempre de un apasionado apego a la verdad, la justicia y la belleza.
Concluiré con unas palabras de Esther María, del poema “Sucedió en Casa Azul”, sobre momentos que se dieron, precisamente, en un mes de octubre:
Y fue en octubre, en el lluvioso octubre.
Mucha lluvia, llover, cómo llovía.
Lluvia de invierno tropical. Las flores
sacudiéndose el agua, estremecidas.
Los pájaros bebiendo de las hojas,
mínimos cuencos de agua cristalina.
A través de los árboles bajando
el sol hasta los charcos del camino.
Y fue en octubre, 82 del siglo.
Atravesando mares y montañas,
sobre el Caribe indómito, en el aire,
a mi portal tu voz otra vez llega,
anunciando un viajero del exilio.
Que sí, que venga, te respondo siempre.
envio mory ochoa
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